El Persa


Cada mañana cuando voy a mi trabajo en la gloriosa Corporación de Asistencia Judicial de Quilicura – la que cuenta con el 0.00001% del presupuesto del Ministerio Publico y de la Defensoría penal- paso en la micro por el “Persa Parque de los Reyes”, en mis tiempos de niñez, “Persa Balmaceda”.
Hoy abarca menos de la mitad de lo que era antes, luce todo oxidado, y semi abandonado.
En lo tiempos en que era niño, ir al persa bulnes equivalía a ir al Mall de ahora.
Recuerdo perfecto esos domingos en la mañana. No había que tomar la 300, o la 308, sino que lisa y llanamente la “Tropezón”. Una vez allá lo primero que llamaba mi atención era la gigante y espectacular rueda de la fortuna. Aunque sólo me dejaban subir a los patitos. Pero era feliz igual. Por supuesto que, como uno era niños, iba de regalón y algún regalito se hacia caer. O si no, zamparse un completo, con mayonesa casera ( nada de Helmmans) con una bebida. Lo Máximo.
El cassete de Massiel de mi mamá. Las horrendas y calurosas botas con chiporro de mi papa. El zapato pluma y la cotona pal colegio. Todo en un solo lugar.
Claro que, como era más grande que lo que es hoy (el parque se llevo gran parte) me cansaba de recorrerlo, pero en realidad me apuraba el hecho que a las dos daban Los Pitufos. Luego había que ver “magnetoscopio musical” o “Más música” para estar en onda musical con mis primas mayores, para después darme el festín con “El crucero del amor” (les canto la canción?), “Titanes del Ring, ( cuidado con la momia”) y de plato de fondo el japennig con ja. No sé si en realidad ese era el orden, pero en fin, todo eso se me viene a la cabeza en los 30 segundos que dura mi paso frente al persa.
Me doy cuenta que escribo, no por el amor incondicional al recinto abandonado, o un ataque velado a los mall. Si no por que ese lugar me lleva a mi niñez.
Si en definitiva lo más duro de crecer, es ver a tus viejos envejecer.
Hay gente que ya no está. Pero si lo estaban cuando llegabas del persa.
He ahí la cuestión.
Claro, hoy el mall es más cómodo, desde Din a Zara.
Pero cuando llego de vuelta, no llegó con la misma felicidad de cuando llegaba del humilde persa, el del blue jean “el aguila” , del pantalón amasado, o el de las botas blancas. Es volver como si nada, con la duda si lo que compre valió o no la pena, si lo podré pagar, si las cuotas fueron las correctas. Lógico. Ya no voy de regalón, sino como un adulto consumidor.
Y lo peor es que se consume no sólo lo que nos quieren vender, sino que nos consumimos por dentro, porque hoy, las tarjetas mandan.
Por eso que me gusta acordarme del persa. Que bacán cuando niño, no?
De llegar y saber que no hay nada que pagar, sino sólo disfrutar.
Que tus viejos son superhéroes, y siempre estarán, o que tú estarás siempre con ellos.
No te urgía el llegar a casa y darte cuenta en ese momento, que la cuota de la cosa que compraste, coincide con las demás, y te urgirás para pagar.
Era otra cosa.
A tomar la rica once y ver la tele.
A lo mejor mi papá tampoco sabía en aquel entonces, como chucha la iba a pagar.

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